"Primero decidan quién ha sido el mejor en Argentina; después vamos a ver quién es el mejor del mundo"

En esa un tanto ridícula carrera por decidir quién ha sido el mejor jugador de la Historia, Pelé y Maradona siguen en cabeza con Cruyff, Di Stéfano y ahora Messi a la espalda. Pero hay algo en lo que el brasileño lleva clara ventaja sobre el resto. Aparte de la cifra récord de 1283 goles marcados en su carrera, destila un envidiable y sano espíritu deportivo. Lo primero que llama la atención cuando uno se sienta ante el mito de Edson Arantes do Nascimento son los genes. La gloriosa combinación que, pese a mostrarse un tanto trabado por una operación de cadera reciente, hace que a sus 74 años conserve el pelo de un adolescente y el cutis de una estrella de cine. Después, su disposición. Eso le viene de otro componente constructivo en su vida: un ambiente en que, a pesar de pertenecer a la clase de los desheredados en la tierra, con una infancia en la que supo lo que era trabajar desde niño en su región de Minas Gerais, fue lo suficiente hábil como para aprovechar su don -“divino”, afirma él-. No sólo es que aquello lo viera pronto su padre, Dondinho, también jugador profesional del Fluminense. Ayudó el hecho de haber sabido forjarse una nobleza intrínseca, cualidad que a cobijo de una madre obstinada, ayudó a dejarlo bien dispuesto para la cumbre. Cuatro mundiales jugó después. Ganó tres. Además de diez ligas, dos copas intercontinentales, otras dos Libertadores y cinco de Brasil. Desarrolló su carrera en el Santos, aprovechó unos años en Estados Unidos para jugar, ahorrar un buen dinero en el Cosmos neoyorquino y estudiar de cara a un futuro que siguió sonriéndole incluso en política, un ámbito en el que llegó a ministro de Deportes con Fernando Henrique Cardoso como presidente. Quizás por su transparencia sistemática, nunca ha ocultado detalles de su vida, dejando que éstos, por muy escabrosos que fueran, sirvieran de ejemplo. Y, sobre todo, nunca ha renunciado a disfrutar de lo que ha labrado. “Yo no busco que hablen bien de mí cuando me muera -asegura Pelé-. Ya he llorado de pena suficiente en esta vida, ahora sólo quiero llorar de alegría”.

-¿No le entran ganas de vestirse con la canarinha?

-Bueno, eso les ocurre a todos los deportistas. Estén o no en activo. El primer Mundial que tuvimos en Brasil, en el año 1950, yo tenía 10 años y lo escuché por la radio. Emocionante, nos reuníamos los amigos de mi padre y los míos, con los que jugaba en la calle.

-¿Era el tiempo en que, si uno no andaba por el campo, sólo se imaginaba el fútbol?

-Claro. Yo no jugué aquel primero, era muy joven. Y ahora, para éste, estoy muy viejo.

-En medio, aunque no fuera en Brasil, disputó usted cuatro y ganó tres. En el primero, el psicólogo de su equipo no quería que saltara al campo. ¿Por qué?

-Él creía que yo era muy joven y no estaba preparado para aguantar la presión. La verdad es que no me enteraba. Tenía 17 años y sólo pensaba en jugar. Tampoco me sentía muy responsable, los jugadores con más experiencia estaban al mando: Didi, Dilton Santos, Gilmar. Ellos corrían con la carga. Para mí, todo era una fiesta. Pero quería, ante todo, jugar, y entonces el psicólogo no lo veía. Se equivocó, gracias a Dios.

-Aquel psicólogo, quizá, de lo que no se daba cuenta es de que para esto del fútbol, sobre todo, hay que querer jugar con las ansias de un niño. ¿Se está perdiendo esa inocencia?

-Ahora es diferente. Hoy la preocupación es la preparación física; antes, principalmente, primaba el espectáculo. Esa es la diferencia, pero la emoción que transmite el juego, que es su esencia, es la misma.

-En aquel primer Mundial, fueron los grandes líderes del equipo los que sí impusieron que usted estaba ya más que preparado. ¿Es ése el apoyo fundamental para dar alas, el de los compañeros más que el de los mandos?

-Hay que decir que cuando estuvimos preparando aquel Mundial, yo me lesioné un ligamento. Aun así, aunque no estaba muy fino, viajé con el equipo. Pero durante los entrenamientos, Didi y Garrincha, pese a la preocupación del entrenador, dijeron que estaba más que listo para entrar en acción. El psicólogo lo que veía era que al ser demasiado joven cabía el riesgo de que no pudiera soportar la presión y perjudicara al equipo.

-Pero usted sabía mejor que nadie lo que era la presión. Un niño que se había ganado la vida como limpiabotas y al que su madre llevó ante la Virgen de la Aparecida para comentarle: “Ocúpate tú de éste, que yo no puedo más”. Debía ser un figura.

-Para mí ya era un sueño salir de Brasil. Imagínese. La gente nos decía que nos dirigíamos a otro mundo en vez de a otro país, ¿ve la diferencia? Fue por eso que mi madre me llevó enfrente de la Virgen y le pidió que me acompañara y me protegiera, porque ella se sentía indefensa ante ese otro mundo. No hay que creer todo lo que se cuenta.

-En cuestión de fe, usted gana.

-Bueno, siempre me he identificado como católico. A pesar de haber viajado más que mis parientes y haber conocido otras religiones.

-¿Qué tiene que ver aquel Brasil cerrado con este que ya forma parte fundamental del mundo?

-Ahora es grande, muy grande. Primero por las comunicaciones. Hoy cuando vas a jugar contra alguien ya sabes quiénes son, los has estudiado, los conoces. Entonces no teníamos ni idea de quiénes eran los rivales. Casi todo el equipo de este Mundial juega fuera, en Europa, muchos son hasta amigos de sus contrincantes. Psicológicamente resulta muy diferente.

-Pero dentro de aquel mundo cerrado también les llegaban ofertas. Si usted no jugó en España fue porque no quiso. Madrid y Barcelona le querían.

-Sí, pero yo estaba a gusto aquí, en mi equipo, en el Santos. Tenía propuestas para España y para el Milan, pero el Santos de entonces, junto al Real Madrid, eran los dos mejores equipos del mundo. No quise, estaba muy bien. Ah, y otra cosa también. En nuestra época la plata no era tan importante ni tan abundante como ahora. Hoy no lo podría rechazar.

-Usted tampoco se puede quejar de no haber ganado bien, porque sí que lo ha hecho.

-No, yo no me quejo, gracias a Dios. Hice dinero cuando me fui a Estados Unidos para promocionar allí el fútbol con el Cosmos. También aquello me sirvió para estudiar marketing deportivo, porque entonces empezaba a plantearme mi futuro y mi carrera sin gran responsabilidad. Si me iba para Europa, tendría que competir más duro y no iba a tener tiempo de estudiar. Fue Kissinger quien me invitó a trasladarme a su país, él adoraba el fútbol, como alemán, y lo echaba de menos en Estados Unidos. Se le ocurrió que yo podría aportar mucho dando clases y jugando. Fue una experiencia que resultó muy provechosa.

-Imagino que es mucho más difícil ser Pelé después de su vida profesional. Durante toda su carrera ha sido un referente. Y el partido que jugó después de retirarse era para permanecer en la historia de su deporte como el mejor. ¿Es más dura la lucha por mantenerse en ese puesto que por ser alineado?

-La responsabilidad por mantenerse ahí se impone.

-Y además está la pica ese entre usted y Maradona. ¿Acabará?

-Bueno, ahora es con Maradona, antes con Di Stéfano. La gente siempre hace la comparación. Pero con respecto a Maradona, hay cuestiones de principio, somos humanos y todos podemos cometer errores. Lo más difícil es procurar no decepcionar a la gente. Hay muchos jóvenes que nos admiran, que nos siguen, y yo pido a Dios que me ayude para no defraudar a esta gente. Pero mire, algo que parece un chiste, pero es verdad. Por coincidencia, si repasamos la historia, siempre se me ha comparado con los argentinos, porque con los europeos como Beckenbauer, Cruyff, Best, no me ocurría. Pero con los argentinos. Primero, Di Stéfano; aquello pasó y salió después Sívori, del que ya se han olvidado casi todos; luego vino Maradona, y ahora están empezando con Messi. Yo propongo algo: primero ustedes decidan quién ha sido el mejor en Argentina. Cuando lo sepan, después vamos a ver quién es el mejor del mundo.

-Es verdad que usted trata de no decepcionar a nadie y tiende a contar todo sobre su vida, en películas y biografías. Desde una primera experiencia sexual con un hombre a los hijos legítimos e ilegítimos.

-Hay mucho que se inventan los periodistas y no puedes rebatir, si te peleas con ellos es peor. Pero yo calculo que el 80% de lo que se dice sobre mí es verdad.

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