Remasterización de Led Zeppeling

Desde ayer están en las disquerías los notables Led Zeppelin I, II y III, primera parte de un ambicioso proyecto de remasterización de todos los álbumes de la banda, motorizado por Jimmy Page. Las ediciones vienen acompañadas por otro CD, con outakes, versiones alternativas y tomas en vivo.

Después de haber dado toda la vuelta, el rock se reencuentra amigablemente con sus paradojas: en 1968 Led Zeppelin fue acusada por la intelligentzia hippie de vender su alma a una multinacional. Todavía no había grabado su primer disco cuando firmó un módico contrato de distribución con Atlantic Records. Unos pocos dólares ponían a la banda británica, prematuramente americanizada, del lado de las “comerciales”. Su música, que habría de vender millones, era un arsenal de contracultura creativa que no necesitaba sobreimpresiones políticas del tipo “estamos en contra de la guerra de Vietnam” para dejar a buen resguardo el honor de la década del ’60. Desde entonces, Led Zeppelin desestabilizó hormonalmente a millones de personas, aquí y allá, con efectos más perdurables que varias proclamas revolucionarias de diversa índole. A 46 años de aquel big bang sonoro y emocional, un prócer de 70 años (Jimmy Page) ya resignado a la indiferencia de su viejo compañero de gloria (Robert Plant), acaba de publicar nuevamente esas canciones. Que ya habían sido remasterizadas, atendiendo a un clamoroso reclamo de justicia digital. Pero la industria y el propio Page, que llevan vendidos 300 millones de discos de Led Zeppelin, se autoexigen un amenity. Algo que les permita vender lo mismo, pero otra vez, quizás a la misma gente. Al final de esa curva inexorable –que va amontonando talento musical propio, sueños juveniles ajenos, nostalgias veteranas, negocios fáciles, ansias de trascendencia personal y avidez consumista planetaria– surgen las flamantes ediciones ampliadas de los nueve títulos oficiales del grupo. Ayer se conoció la primera tanda, con “nuevas” versiones de Led Zeppelin I, II y III.

Hay para todos los gustos y bolsillos: una edición estándar incluye sólo los discos originales remasterizados; otra un poco mejor, Deluxe, viene acompañada por un segundo disco. En el caso de Led Zeppelin I, el amenity es un adrenalínico show de 1969 en el Olympia de París, rescatado por Page; Led Zeppelin II suma a las versiones originales mezclas alternativas de cinco temas (entre ellas un “Whole lotta love” sin el épico solo de guitarra que cualquier fan que se precie podría reproducir en su mente –mas no en su guitarra– nota por nota) y un track no incluido en su momento, “La la”, que no merecía la concesión de una revancha tantos años después; el bonus de Led Zeppelin III reúne siete tomas descartadas para la edición final y tres canciones inéditas: “Jennings farm blues” (con retazos rítmicos que serían incluidos finalmente en la notable “Bron-Y- Aur Stomp”), “Bathroom sound” (pista previa de “Out on the tiles”, pero sin la voz de Plant) y un ascético pero visceral mix de “Keys to the highway” con “Trouble in mind” (viejísimos blues que los integrantes de Zeppelin amaban desde que los escucharon interpretados, entre otros, por Big Bill Broonzy). También hay un lanzamiento Super Deluxe que incluye, según los casos, dos CD más dos (o tres) vinilos. El pack de alternativas incluye, claro, la descarga digital.

El obsesivo y minucioso Page trabajó durante tres años en este proyecto, hurgando en viejas cintas, buscando tomas desechadas, seleccionando y reacondicionando materiales obsoletos. Es más tiempo que el necesitado por Zeppelin para grabar sus tres primeros discos, salir una y otra vez de gira y destrozar una docena de hoteles con groupies y todo. La asimetría temporal expone con crueldad una de las razones por las que Led Zeppelin no debería volver a tocar. Aquella magia es irrepetible. Led Zeppelin es lo que fue. Page, Plant, el inolvidable John Bonham y John Paul Jones en ese momento. Para el primer disco, la banda grabó nueve canciones en treinta horas. Entre ellas el himno “Dazed and confused”, con su trance hipnótico que incluía ecos de sirenas de trenes, letanías de orgasmos femeninos sobregrabados y ataques con napalm sobre el río Mekong. Toda la producción del disco costó 1700 libras esterlinas. Los temas de Zeppelin II fueron escritos y grabados a lo largo y ancho de Inglaterra y Estados Unidos, en medio de giras interminables y caóticas. Un par de solos de guitarra fueron registrados en habitaciones de hotel y a menudo Plant puso su voz sin la ayuda de auriculares. Se mezcló todo en dos días, con una consola Altec de doce canales. Los discos están ahí y no necesitan ser refrendados.

De todo el trabajo de arqueología hecho por el guitarrista acaso lo más interesante sea el rescate del disco en vivo en el Olympia de París. La calidad del sonido no es la mejor, más allá de los milagros de la tecnología. Las novedades no son muchas (se adelanta unos meses a la grabación en estudio de “Heartbreaker” y “Moby Dick” que, en rigor, eran casi tomas en vivo). Los cambios respecto de lo ya conocido no son sustanciales. La vitalidad de ese show, sin embargo, justifica la exhumación. Zeppelin en estado de máxima pureza es, al mismo tiempo, Zeppelin en toda su complejidad. El quejido felino de Plant, que desafía el más exigente verosímil zoológico, persigue como la electricidad polifónica de Page y luego acompaña su descenso a los infiernos. La base empuja con fuerza sobrehumana o se repliega para esperar el siguiente ataque. Los riffs son devastadores. Pero el peso de la banda, su singularidad, está en los arreglos, que rompen la aparente linealidad. Zeppelin despliega una suerte de bestialidad virtuosa: irrumpe en la tradición para romperla en mil pedazos, bastardea ritmos sagrados fundiéndolos en trips psicodélicos que suben y bajan su intensidad llevando al espectador (al oyente) de las narices hacia una dimensión distinta. Es una banda de ruptura. Usa el blues como un esqueleto al que hay que cambiarle constantemente la piel que lo protege.

A principios de los años ’60, el escritor William Burroughs patentó en la novela La máquina blanda la expresión “heavy metal”, que luego sirvió para definir al hit “Born to be wild” de Steppenwolf y, por añadidura, a todo un género. Es probable que Zeppelin tenga más que ver con el salvajismo fantasmal de Burroughs que con la (también aparente) unidimensionalidad del heavy metal. Cuando le preguntaron por el asunto, Page dijo: “Lo que me viene a la cabeza cuando pienso en heavy metal son riffs machacones, y no creo que hayamos usado riffs machacones en ningún momento. Lo que hemos buscado ha sido siempre dinamismo, luces y sombras, expresividad y versatilidad”.

Luces y sombras. Del mismo modo que la sutileza se filtra en los pliegues de la topadora “Good times bad times”, también es engañosa la calma que parecen transmitir las canciones más “folk”. No hay que fiarse de la amabilidad de Zeppelin. Tampoco el ambiente bucólico que respiraban los integrantes de Zeppelin cuando grabaron su tercer disco (se mudaron a una casa de campo en Hampshire para descansar por un rato de la fiebre orgiástica que arrastraban desde California) es sinónimo de tranquilidad de espíritu. La vieja y siniestra balada “Gallows pole”, que hace recordar al ahorcado de las cartas de tarot, es un buen ejemplo. Como contrapartida, “Inmigrant song”, con sus gritos de guerra de conquistador vikingo interpretados por Robert Plant, es casi un chiste.

La rigurosidad del trabajo de Page como productor de aquellos primeros discos de estudio le juega hoy a favor y en contra. Por un lado, nadie conoce mejor que él los recovecos donde escarbar para encontrar alguna rareza perdida. Pero como garante de la calidad de las grabaciones originales y como demiurgo del “concepto Zeppelin” no puede argumentar que las versiones alternativas eran mejores que las que finalmente salieron a la luz en su momento. De hecho no lo son. ¿Qué sentido tiene, más allá de la efímera curiosidad inicial, escuchar el solo de guitarra de “Since I’ve been loving you” grabado en un ensayo un día miércoles si es menos sublime que el improvisado 24 horas después y finalmente grabado? La banda, además, no utilizaba el estudio de grabación como laboratorio de ideas sino como escala final de una matriz sonora preconcebida. Lo que grababan era lo que salía. A diferencia de Jimi Hendrix (a quien se lo exprimió y se lo seguirá exprimiendo porque dejaba registrado todo lo que se le ocurría) o de los Beatles, Led Zeppelin no dejó mucha tierra fértil para los buitres (de adentro y de afuera).

Plant no quiere que vuelva Zeppelin. Debe querer mucho esos discos. Seguramente recordará cuando a los 16 años se fue de su casa porque sus padres lo querían obligar a estudiar contabilidad. El padre de John Paul Jones, más tolerante con la vocación del chico, le había sugerido que se dedicara al saxo tenor, porque el bajo no tenía futuro en la música. Bonham era hijo de un carpintero. Se crió dándole con el martillo a toda superficie dura que se le presentaba. Page era un adolescente frágil y tímido que solo confiaba en su guitarra. Extraña alquimia la de Zeppelin. Durante doce años gobernó con prepotencia la escena rockera. Se multiplicó en decenas de bandas y solistas (desde The Cult hasta Soundgarden, pasando por Mars Volta y The White Stripes) pero nunca logró resucitar aquel fuego sagrado. Una música irrepetible merece que respeten su silencio.

 Fuente: Pagina 12.

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