A Alejandro Sabella también le falta movilidad

 La Argentina es, esencialmente, un equipo contragolpeador. Al menos en su indefinición, es el traje que mejor le cae. Pero ¿cómo ser contragolpeador cuando el rival cede la iniciativa, cuando la historia obliga a la búsqueda, cuando el marco encuadra al equipo entre los favoritos, cuando en el plantel están el mejor del mundo y varios de los atacantes más cotizados?

Si el planteo propio siempre depende de lo que haga el adversario, nunca se afirman las convicciones. A la selección se le dificulta protagonizar los partidos porque necesita espacios para explotar. Dos opciones: o se los procura o espera que el rival se los conceda. Nadie es tan ingenuo. Entonces, hay que trabajar sobre caminos alternativos para que no aflore la pereza o, peor, la impericia. “Ser contraatacador siendo Argentina es algo así como ser socialdemócrata con Marx, Lenin y Fidel Castro en tu partido”, me apunta alguien que desmenuza el juego como nadie. Brillante.

Seguramente ya no habrá rivales tan atrincherados como Irán. Pero el plan era previsible. ¿O alguien pensaba que el equipo que dirige Carlos Queiroz compartiría la dinámica? Lo contra táctica falló. A un equipo que se dispone a defender tan atrás conviene ahogarlo; presión muy alta para obligarlo al error o la infracción. Después, doblarlo por afuera para estirarlo hacia las bandas y, a la vez, sumar mucha gente por adentro. La selección casi no probó esta receta y le sobró un zaguero central todo el encuentro en el Mineirao. Sabella repitió una costumbre: demoró los cambios, tardó en refrescar la propuesta para intentar recorrer otros caminos. Le faltaron reflejos.

Si falla la intuición, si la estrategia no es la adecuada y si se retrasa la repentización para resolver contratiempos sobre la marcha… El debut con Bosnia también había entregado ciertas señales inquietantes. Algo de imprevisión, sazonada con pizcas de temor. Seis meses hubo para preparar ese partido… y se optó por un dibujo 5-3-2, del paladar del entrenador, pero con poco rodaje en la selección. Al punto de que se trata de un esquema al que Sabella apeló sólo en ocasiones puntuales: cuando se asumió inferior al rival -los duelos con Brasil por el Superclásico de las Américas- o cuando detectó presuntas desventajas como la altura de Quito y La Paz, el sofocante calor de Puerto La Cruz o el amistoso de fines de 2013 con Bosnia sin Leo Messi. En cada ocasión apuntada, Sabella hasta podía empuñar una justificación. Para el estreno de la Copa fue por propia elección y dispuso cinco futbolistas en línea para marcar a Edin Dzeko… Aceptó el error y la partitura voló por los aires en 45 minutos después de su lectura desenfocada.

Sabella parece incómodo, como si se estuviese cuestionando a sí mismo constantemente. Está preocupado y eso es reconfortante. Un detalle alarmante del funcionamiento del equipo es que, lejos de potenciar las virtudes de excelentes jugadores, las está opacando. Sobrevuela una concepción futbolística en sepia que probablemente limite las posibilidades colectivas. La división del juego en conductas, líneas y funciones es antigua en la aldea global de la alta competencia. Quizá la matriz táctica atrase y convenga rejuvenecer ideas.

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