Básquet épico : Se cumplen 10 años de la medalla de oro olímpica

El 28 de Agosto del 2004 se logró el acontecimiento más rico en la historia del Básquet Argentino y de la ciudad, al obtener la medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de Atenas superando a Italia en la gran final. 3 bahienses fueron participes directos de la gesta histórica: Juan Ignacio Sánchez, Alejandro Montecchia y Emanuel David Ginóbili terminaron en cancha en aquel partido teniendo una incidencia directa. Ni ellos, ni cualquier argentino amante del deporte se podrá olvidar jamas de tamaño logro. Entrá y mirá la galería fotográfica y vídeos.

Que nos iban a venir a hablar de Soragna, Basile, Marconato o Bulleri, cuando 24 horas atrás habíamos sufrido a Duncan, Iverson, Stoudemire, Wade y hasta LeBron James. ¿Cómo se nos iba a escapar el oro después de semejante hazaña?, ¿cómo íbamos a dejar pasar la chance de hacer historia y alcanzar la gloria más alta que cualquier basquetbolísta puede soñar? Que nos iban a venir a hablar de Italia…

Este jueves 28 de agosto se cumplen 10 años de la coronación de una de las hazañas más impresionantes del deporte argentino, como lo fue el oro olímpico del básquet en Atenas. El primero para la disciplina, pero además, el encargado (junto al fútbol, que también ganó ese mismo día) de romper con una sequía de 52 años sin títulos para las delegaciones albicelestes.

Aquella final con Italia, por más increíble que parezca, no deja de ser un detalle en el recuerdo de un torneo donde la palomita de Manu ante Serbia y Montenegro o la victoria ante Estados Unidos, son las postales que más rápido vienen a la memoria cuando se habla del mismo. 

Y, ojo, lo de detalle no es para desmerecer el sensacional triunfo argentino, sino más bien todo lo contrario: aquel equipo era tan grande, tan confiable, que pocos podían siquiera imaginar una caída, habiendo llegado tan lejos y con tantos obstáculos en el camino.

Pero antes de la final, hubo un camino y para no adelantarnos, les proponemos comenzar a recorrerlo (o recordarlo) desde el principio. Con una sonrisa… que bastante nos hace falta en estos días previos al comienzo del Mundial de España.

El inicio del camino fue ante nada y más nada menos, que Serbia y Montenegro, el día de la ya ultra repetida conversión de Manu en el último segundo, para sellar el 83-82 final. No, la palomita no sirvió para avanzar en un cruce directo ni para garantizarnos una medalla como muchos pueden recordar con la memoria algo tocada. No, pero sirvió para sacarse la espina de un rival, que aunque con otro nombre (Yugoslavia), era el mismo que le había robado, en el más literal de los sentidos, el campeonato de Indianapolis 2002.

Quizás aquella revancha fue el empuje emocional que aquel equipo precisaba. Quizás sí el doble de Ginóbili terminó jugando un papel decisivo a la hora del título, aún cuando ocurrió en la primera jornada. O quizás fue simplemente un paso más para un equipo dominante y con una misión bien clara. La revancha con los serbios ya estaba consumada, pero ahora quedaba una más importante: la revancha en una final, ya sin importar el rival.

Un par de días más tarde, Argentina bajó mucho su nivel y comenzó su fatídica historia reciente contra el seleccionado español, cayendo por 87-76, tras perder el último cuarto 29-16. Gasol (Pau, claro, el único que “existía” en ese entonces) fue figura con 26 puntos y los de Magnano pagaron caro su falta de eficacia con el tiro de tres: 4/20.

El próximo desafío, buscando la recuperación, era China, con un problema a resolver muy claro: la presencia del gigante Yao Ming. Sin embargo, Oberto lo dominó defensivamente, dejándolo en un modesto 6 de 13 de campo y Argentina se llevó un cómodo triunfo por 82 a 57.

En el cuarto partido del grupo, la Selección la tuvo más complicada de lo esperado al enfrentar a Nueva Zelanda. Fue triunfo, pero por un cerrado 98 a 94, precisando de un Scola ultra eficaz con 25 puntos en 21 minutos.

El último partido de la primera fase fue con derrota, por 76 a 75 ante Italia, ya con la clasificación asegurada hace tiempo y probablemente con la cabeza metida en parte, en el potencial cruce de cuartos. Ya habría tiempo de revancha con los italianos.

Los cruces eliminatorios mandaron a los de Magnano a jugar el mano a mano por el pase a semis, con el local Grecia. Básicamente, enfrentar al Diablo, o 12 de ellos, en su propio infierno. Poco de esto le importó al plantel nacional, que entró con la cabeza alta y con un aporte fundamental de Walter Herrmann, se terminó llevando la victoria por 69-64 en un encuentro donde la palabra sufrimiento se queda corta.

Argentina parecía estar hecho. Venían los NBA en semis, con un equipo bastante más potente que el que hizo un par de papelones en su propia casa dos años antes. Nadie podía decir nada si se caía dignamente ante los norteamericanos e incluso seguía estando el condimento de pelear por una medalla de bronce, un par de días más tarde. 

¿Pero que es el bronce cuando el oro está a tu alcance? El plantel argentino hizo un partido perfecto en todo aspecto, dominando el resultado de principio a fin, con una solvencia que hasta el día de hoy asombra.

La victoria nunca estuvo asegurada por el rival que había enfrente pero solamente por eso. Ante cualquier otro equipo, podríamos hablar de un triunfo con relativa comodidad y donde Argentina impuso en la cancha una clara superioridad. Porque eso fue lo que se vio ese día: un equipo, que al menos en ese momento, era considerablemente superior al otro.

Manu, con 29 puntos, fue el mejor de un conjunto que brilló como tal y los de Magnano se impusieron por 89 a 81, consiguiendo el pasaje a la final. Allí ya esperaba Italia, ganador en semis de Lituania por 100 a 91.

¿Era un buen equipo aquel italiano? Seguro, de otra manera no se explicaría su llegada a la final en un torneo de esta magnitud. Pero después de haber dejado en el camino al local y a una mega potencia como Estados Unidos, la final parecía una buena oportunidad para coronar una fiesta inolvidable con un banquete de primer nivel.

Esta sensación que vivíamos desde afuera los seguidores, pudo ser perjudicial para el plantel de haberla experimentado. Después de todo, el partido se tenía que jugar, ganar y ante un seleccionado potente y que ya se había impuesto en un cruce directo entre ambos.

Pero por suerte, la historia fue otra. Nadie iba a negarle a la Selección la posibilidad de subirse a lo más alto del podio, en lo que sería el génesis del apodo de La Generación Dorada. La posible confianza excesiva no pesó y Argentina se terminó llevando una abierta victoria por 84 a 69, más allá de algún momento de lógica reacción de los europeos.

Ya con muchos más minutos en cancha (37) Scola volvió a ser figura con 25 puntos, 11 rebotes y una volcada en el cierre que sirvió como broche de oro, para una historia con un final tan feliz como en los cuentos para chicos.

Hoy se cumplen 10 años de aquel momento que marcó un antes y un después en cualquier argentino que alguna vez se haya interesado por la naranja. Desde acá, lo recordamos con agradecimiento y el deseo, de que alguna vez, podamos ver algo parecido. Difícil, es cierto, pero también lo era Serbia, Yao Ming, los locales, Estados Unidos, Italia…

Fuente: BásquetPlus.

 

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