Hinchas argentinos vs. brasileños: de la convivencia pacífica al duelo de provocaciones

La relación entre los simpatizantes brasileños y argentinos ya no es todo lo pacífica que era en el arranque del Mundial; algún dirigente hasta deslizó algo temerario: convocar a los barras.

– En la tierra donde reina el fútbol todo ha vuelto a su lugar. Adiós a eso de que a los brasileños los cautiva más Messi que Neymar y de que observan con admiración la fiesta y el color que escenifican los argentinos en cada estadio que visitan. Ya es una foto en sepia aquella multitud agolpada en el histórico Independencia para asistir a un entrenamiento informal del seleccionado albiceleste. Es pasado eso de brasileños y argentinos compartiendo la tribuna y la calle. Y mucho menos eso de unirse hasta en la simpatía por un mismo equipo. Claro que habrá excepciones. Pero hoy, con el Mundial más cerca del final que del comienzo, la armonía inicial se quebró.

La cima de tensión se alcanzó en la madrugada siguiente al triunfo del seleccionado en el Itaquerao, donde el público argentino comprobó por primera vez la rigurosidad de ser visitantes. En el barrio Madalena, la policía militar brasileña debió interceder con gases lacrimógenos para evitar una pelea entre hinchas argentinos y brasileños. Madalena es un punto bohemio y cosmopolita de esa inmensa garganta urbana que es San Pablo, donde sólo el área metropolitana está habitada por casi 20 millones de personas. Según los comerciantes y otros testigos, citados ayer por el diario Folha, la orden de lanzar gases engendró el caos. Un episodio similar sucedió hace dos semanas en Belo Horizonte, en el concurrido barrio de Savassi. En plena madrugada, argentinos y brasileños cruzaron golpes, botellazos y vasos. El lamentable enfrentamiento se originó a partir de las chicanas y los cánticos. Pasa cuando el fútbol cruza la frontera de lo folclórico.

“La torcida secadora”, tituló ayer el diario Estado de San Pablo, en referencia al hostigamiento de los brasileños a los argentinos en los estadios. Pero a decir verdad, el acoso y las bromas son recíprocos: tomó mayor dimensión tras la aventura argentina por tierra paulista. Como no había pasado en las otras sedes, cada vez que los argentinos activaron un cántico, lo cubría una melodía injuriosa de abucheos. Y, por supuesto, sumó su dosis de tensión la manera en que se definió el encuentro, con un gol agónico, pero que no ameritaba ninguna reacción agresiva más que un merecido grito de desahogo. Las tribunas del Itaquerao también fueron escenario de una batahola: golpes, escupitajos y proyectiles. Un dirigente de la AFA que acompaña a diario al plantel tuvo una insólita reacción: “Los brasileños están metiendo barras. En Brasilia, vamos a tener que traer refuerzos y decirles a los muchachos”, en alusión a los barrabravas.

En Río de Janeiro, donde se concentra la mayoría de los argentinos, la relación con los brasileños continúa cordial, aunque algo tensa. El público argentino, a diferencia del resto, aporta su granito de arena a la tirantez. Es la única hinchada que dedica mensajes hostiles a sus rivales en la mayoría de sus cánticos. Desde el hit “Brasil decime qué se siente” hasta las alusiones a ingleses y chilenos. El argentino, entonces, también sería “secador”, en referencia al término con el que tituló ayer el periódico Estado de San Pablo.

La alteración en las tribunas y en las calles no llegó todavía hasta los escritorios de las autoridades. La embajada de nuestro país relativiza los incidentes y los minimiza de acuerdo con la cantidad de argentinos que visitan Brasil y al número de episodios violentos registrados. Para el equipo de la Policía Federal Argentina que llegó hasta aquí tampoco hubo episodios de mayor gravedad y vinculan las peleas callejeras con el consumo de alcohol.

En los estadios y en las calles, la crispación permanente por pavadas es a veces caricaturesca y ni siquiera es graciosa. Es cierto que la rivalidad se acentúa a partir de los excesos con el alcohol. Los desbordes más graves, por lo general, son de madrugada, después de jornadas etílicas eternas, cuyo final es cantado: hay disturbios e interviene la policía, o se bebe hasta caer redondos.

La FIFA tiene su cuota de responsabilidad en el asunto: por una presión de los sponsors, ordenó a Brasil modificar su legislación y sólo por el Mundial se autorizó la venta de cerveza dentro de los estadios. Tal vez alertado por algún foco de conflicto, el secretario general de la entidad, Jerome Valcke, manifestó ayer estar “preocupado e impresionado por el estado de embriaguez de algunas personas en los estadios”. Hace diez días, en una cumbre de autoridades, se había evaluado la posibilidad de prohibir o controlar la venta de cerveza en partidos que se consideren de alto riesgo. Pero fue apenas eso, un tibio debate.

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