Manu Ginóbili: cómo sostenerse doce años en la cima

Entre los muchos méritos de la carrera del bahiense, la constancia y la vigencia no dejan de sorprender.

“Ellos no me querían acá cuando me seleccionaron. Primero me dijeron que fuera a Europa a crecer como jugador y después volviese. Y la verdad que me vino bien eso, porque después regresé y aquí estoy”.

Así de simple lo explica y parece una locura en este contexto. Pero es tan real que causa asombro para quien desconoce la historia del mejor deportista argentino, al menos, de las últimas dos décadas. Casi 37 años y una historia que parece escrita por Ursula Le Guin, John Ronald Reuel Tolkien o Ken Follet. No por la épica, sino porque encanta por su genero casi fantástico. Aunque todo es absolutamente genuino. Emanuel Ginóbili está por cuarta vez en el Olimpo del básquetbol, en la cima, allí en donde casi nadie imaginaba que podía llegar y mucho menos por cuarta vez. Y él, no sabe de fronteras, porque no se asume como diferente, ni siquiera distinto, se siente un privilegiado, que disfruta de sus hijos, de su familia, pero fundamentalmente de jugar en San Antonio Spurs .

Son 12 años en el más alto nivel. Se sostiene sin dobleces. Algunos pensaban que era el final; él, junto con los Spurs, lo volvieron a hacer. Allí en el centro de la escena, dejando una huella profunda, imborrable.

Y el destino parece haberle reservado un espacio especial, porque casualmente en el día que se cumplieron 11 años de su primer título con el equipo texano, volvió a celebrar, a darse una alegría que no pensaba, que no creía que podía suceder. Y fue tan especial esta maravillosa última función de Manu, que decidió que todos viniesen a acompañarlo: Raquel y Jorge, sus papás, Sebastián y Leandro, sus hermanos. Porque fue una temporada muy especial para él. En realidad cada situación de su carrera es como una película que jamás imaginó como protagonista: “Es loco todo lo que me pasó, pero le preguntás a Tony [Parker] y es loco para él también, que nació en Bélgica y se fue a Francia a los 2 años, o a Tim, que quería nadar en un Juego Olímpico. Es loco para todos, y estoy bastante seguro que si hablás con Magic [Johnson] debió ser muy loco para él también, que a los 9 años debía estar en Lansing o no sé dónde. Nadie que llega a una situación así lo soñó a los 9 años. Le preguntás a Messi, que debía estar por las calles de Rosario, y no sabía que iba a ser el mejor del mundo”.

En 1999 los Spurs lo seleccionaron en el puesto 57 del draft, pero recién en 2002, después de tres años en Kinder Bologna (fue campeón italiano y europeo), comenzó a marcar su camino en la liga más poderosa del mundo. El primer año de Manu en la NBA promedió 20,7 minutos por partido, 7,6 puntos; en los playoffs aumentó su prestación para el equipo (9,4 tantos). Ya era importante para Gregg Popovich y para su equipo, que salió campeón.

En el segundo año Ginóbili ya fue decisivo. Más allá de los números, llegó a ser titular, superó el año de adaptación y adquirió condiciones del jugador norteamericano.

En la temporada 2004-05, el campeón olímpico con la Argentina, en Atenas 2004, llegó a su pico de rendimiento en los números; en los playoffs, alcanzó 20,8 puntos por partido y por un voto no se quedó con el MVP de la final en la que vencieron a Detroit Pistons. Ese año, en un partido ante Phoenix metió 48 puntos. Ya era superestrella. Fue invitado al All Star por primera vez, y volvería a la gran fiesta en 2011.

El tercer anillo llegó en 2007. Se dio el gusto de ganar el título con su gran amigo, el cordobés Fabricio Oberto. Definitivamente asumió su rol de jugador suplente, lo que no significa que es menos importante. Con esa mirada amplia del juego, asumió que su equipo sostenía intensidad durante el juego completo gracias a su aporte desde lo que aquí se le llama “la segunda unidad”. En 2008 se quedó con el trofeo al mejor sexto hombre. Y hasta integró el tercer mejor quinteto de la liga siendo suplente dos veces (2008 y 2011).

Tal vez su peor temporada en la NBA fue la 2012-13. No tuvo su mejor rendimiento, pensó en el retiro y su cabeza lo dominó. La caída ante Miami en siete juegos en la final fueron el cierre más doloroso.

Pero no se dejó doblegar, fue por más. Su utilidad, su aporte al equipo es lo que lo sigue motivando. Todos lo señalan con admiración, tanto que su ex compañero, Bruce Bowen, ahora comentarista en ESPN, dijo: “Manu no tiene el talento físico de Michael Jordan, pero tiene la inteligencia de Michael Jordan”. Cada vez que a un jugador o DT de esta liga le pregunta por Ginóbili, todos, sin excepción, contestan lo mismo: “Va camino al Salón de la Fama”, una distinción exclusiva impensada para un argentino 10 años atrás. Es el único sudamericano con cuatro anillos de la NBA; y el único jugador con una medalla olímpica dorada, un título de Euroliga y varios anillos de la liga más poderosa del planeta.

“Además de mi familia, yo creo que he tenido dos maestros en mi carrera, uno fue Messina [Ettore] en Italia y el otro fue Pop, al llegar acá. En Italia me transformé en un jugador de equipo, ganador. Me empecé a sentir determinante y mi cabeza cambió. Pasé de ser el chico talentoso que hacía las cosas bonitas o que podía hacer muchos puntos, a ser un buen jugador. Acá di un salto más de calidad y la experiencia que me dio y la tranquilidad de jugar en un equipo como este con compañeros como los que tengo, con el técnico que tengo; me ayudaron para elevar mi nivel. Además, Pop no sólo dentro del campo sino afuera de él fue importante para mí. Más allá de mi padre [Jorge] que fue el que me llevó a una cancha la primera vez, creo que ellos dos fueron las influencias más grandes”.

Cada gesto es una señal, cada grito emana pasión, cada logro genera emociones y cada palabra permite conocer su grandeza: “No me importa el legado, no me importa el pasado, no me importa lo que van a decir de mí. Somos todos muy irrelevantes en este mundo. En 20 años se olvidaron todos. Y si no son 20, son 80. Me importa mañana. Volver a ganar y sentir lo que sentí cada vez que lo logré acá o con la selección. Después, cuando tenga 50, sentado en un sillón, gordo, mirando algún partido de chicos jóvenes o de mis hijos, pensaré en el legado”. Solo reverencias ante su majestad: Manu Ginóbili.

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