[OPINIÓN] Las opciones de la Argentina

Por Ricardo Esteves, empresario y licenciado en Ciencias Políticas.

La gran pregunta que se cierne sobre la Argentina es qué va a suceder cuando se completen los aportes que comprometió el FMI y que cubren la diferencia entre los gastos y los ingresos del sector público y los vencimientos de deuda externa. ¿De dónde se van a sacar los fondospara completar los 19 millones de cheques personales que emite mensualmente el sector estatal? ¿Cómo se van a conseguir los dólares para pagar, aunque más no sea, los intereses de la deuda global ? (el capital se podrá patear para adelante).

Algunos se ilusionan con que el país pueda volver al mercado internacional de capitales. ¿Para asumir más deuda? ¿Quién se animará a prestarle a la Argentina?

La causa eterna del drama argentino es un Estado que gasta más de lo que recauda (a pesar de tener la presión impositiva más alta del mundo). Si esto no se corrige, nada cambiará.

Se escuchan soluciones facilistas. Algunos proponen cortar por lo sano y desconocer la deuda externa, como se hizo en el 2002. Otra alternativa puede ser falsificar dinero; es decir, imprimir billetes sin el respaldo de bienes y servicios generados por la sociedad. Es la opción en la que cayó el país cada vez que hubo hiperinflación.

Por suerte, el sistema político permitió que esas vivencias traumáticas tuvieran una duración limitada. Imaginemos lo que sería vivir años en ese contexto, como le sucede hoy a Venezuela, atrapada en un régimen político hegemónico donde el salario que proclamaba defender no llega hoy a 60 dólares.

Otros, en un estado de paranoia podrán proponer romper el sistema legal (bajo el atracti- vo argumento de que “el hambre del pueblo no es negociable”) y asaltar los recursos de “los que más tienen”. Como por ejemplo, los activos de los que blanquearon capitales en el marco de una ley que aprobó el Congreso nacional. O expropiar los activos de Vaca Muerta, para quedarse con los flujos crecientes que la inversión privada esta generando.

En el mientras tanto se va a apelar a lo de siempre: controlar la cotización del dólar. Esta práctica se viene usando desde tiempos de Krieger Vasena, de Martínez de Hoz, de Menem, de Cristina Kirchner y en este gobierno en el 2016 y el 2017, hasta que se les fue de las manos. Lo intentan nuevamente, pero tomando otros recaudos para que no vuelva a saltar: restringiendo el circulante y con tasas de interés por las nubes. Pero, ¿a qué costo?

Rezagando a la producción con las restricciones apuntadas y con más impuestos (y eventualmente, atrasando el tipo de cambio).

Estas opciones son atajos para evitar enfrentar el núcleo del problema que es cómo bajar los gastos del sector público, donde el 87% del total lo representan los 19 millones de cheques personales que el Estado argentino comprometió a la sociedad.

Siempre el ajuste que debería hacer el Estado –que es el deficitario- se endosó al eficiente sector privado, que abrumado de impuestos, con inflación, deficiente infraestructura y condiciones adversas de todo tipo, se las ingenia para producir y generar la riqueza que sostiene a todo el país.

Frente a este dilema hay solo dos opciones: o se reduce gradualmente el monto de esos cheques (algo que en su momento, en un gesto valiente, intentó hacer López Murphy durante el gobierno de la Alianza para evitar lo que luego sucedió, y los sindicatos, la oposición y la sociedad cínicamente rechazaron), o se disminuye el número –alternativa inhumana e intolerable- de beneficiarios de la billetera esta- tal, a una cantidad (¿12 millones de beneficiarios?) compatible con los recursos genuinos del Estado.

Equilibrar las cuentas públicas será fuertemente recesivo con cualquiera de las alternativas posibles. Incluso, la opción de mayor correspondencia con el origen de los desequilibrios, que consistiría en adecuar los haberespúblicos a los ingresos fiscales reales, implicará una reducción en el nivel de consumo de los 19 millones de agentes que viven del Estado, y eso afectará a todos los sectores del país, hasta al propio Estado, que verá mermada su recaudación por la menor actividad, lo que generará a su vez un desequilibrio adicional.

Si bien Alsogaray, en tiempos de Frondizi, logró pagar los aumentos a los maestros con bonos públicos, nunca la sociedad aceptó voluntariamente sacrificar su ingreso (en el 2002 fue un hecho fáctico, contra la voluntad de todos).

¿Se tolerará esta vez para salir por fin de la decadencia? Sin acabar con ese desequilibrio no hay ninguna posibilidad de revertir la historia de fracaso. Resulta imperdonable que el kirchnerismo, en su gesta demagógica y populista haya dilapidado aquella situación idílica de equilibrio luego de la crisis del 2002, que tanto sacrificio costó, y que hubiera servido para iniciar un genuino proceso de desarrollo.

Si el país lograra de una vez la hazaña de equilibrar sus cuentas, sus ecuaciones macroeconómicas mejorarían y eso podría potenciar el desarrollo de su extraordinaria estructura productiva.

La Argentina tiene un futuro prometedor, pero solo si logra sentar las bases para desatar el excepcional espíritu emprendedor de su gente.

[Nota publicada en la edición del 12 de enero de 2019 del diario Clarín]

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