Los videoclubes: de boom comercial a refugio de los cinéfilos

 

Suena el teléfono en Bellinzona. “No, todavía no la tengo. Aún no salió en DVD”, dice Fabián Gil Navarro, detrás del mostrador del videoclub. “Piden The Square [del director sueco Ruben Östlund]. Me están volviendo loco con ésta.” A los pocos minutos, llaman de nuevo. Una clienta a la que conoce bien: se inclina por el suspenso y los policiales. Pregunta por Twin Peaks. “Es un clásico, pero hay que ver si te gusta”, dice él. Del otro lado de Santa Fe, también en Palermo, Marcos Rago le pregunta a una chica que acaba de llegar a Black Jack (Guatemala 4499), a devolver dos estrenos de acción de este año, si pudo verlas. No tuvo ningún problema. Evidentemente su reproductor es multizona. “No sólo me aboco al cine independiente o al europeo, a mí me gusta tener de todo -dice Rago-. Mientras me dé el cuero seguiré comprando todo lo que pueda. Incluso tengo un público de blu-ray que me exige, que todas las semanas me pregunta qué hay nuevo. Y eso me estimula.”

Les suele pasar a los dos. Alguien pasa por la puerta y dice: “¡No lo puedo creer! Un videoclub”. Y sí, para algunos despierta nostalgia y curiosidad porque van quedando cada vez menos. Y los que resisten, los que mantienen las puertas abiertas desde hace décadas, con una clientela activa y ávida de los títulos que no aparecen en las listas de los servicios on demand, se identifican con un determinado perfil: videoclubes que tienen al frente un apasionado cinéfilo, con un conocimiento profundo del negocio y de esos clientes que buscan los géneros que ellos pueden ofrecerle gracias a catálogos de películas originales que remiten a videotecas.

Si a principios de los 90 hubo un pico de 10.000 videoclubes en el país, hoy se estima que -siempre hablando del mercado legal- no hay más de 200. La cifra la aporta SBP Transeuropa, la única editora que queda en la Argentina: ese es el número de videoclubes que aún le compran, todos los meses, películas. “Los que quedan son proveedores de cultura. Videotecas que compiten contra los tanques”, dice Carlos López, el gerente de ventas. Sus clientes se reparten hoy, principalmente, entre locales que venden comics y cadenas de librerías. Y los videoclubes representan alrededor de un 8% de sus ventas mensuales de DVD.

Entre la Capital y el conurbano, no quedan más de 20 videoclubes. Casi la misma cantidad que existe en Tierra del Fuego. López lo explica a través de tres factores: en el sur la conectividad a Internet es menor que en el AMBA; el cable ofrece menos opciones; y es más baja la oferta de ocio. Algo similar ocurre con Blockbuster en los Estados Unidos: la mayoría de las sucursales que sobrevivieron están en Alaska.

Son varios los fenómenos que arrinconaron a los videoclubes. Al igual que ocurrió con la industria de los discos, el más visible, hoy, es Internet y su revolución digital: la oferta de servicios pagos on demand de películas y series, con Netflix a la cabeza, y los consecuentes cambios de hábitos en la gente. Pero Rago dice que la competencia más feroz es la piratería. De las descargas a los manteros. Y una más: la presión fiscal (de alrededor del 35% de los ingresos, entre IVA, ingresos brutos y la ley de fomento cinematográfico). Justamente para aflojar un poco este nudo, en 2015, el ex diputado socialista y hoy legislador porteño por Eco, Roy Cortina, presentó un proyecto de ley para eximirlos del pago del 21% al alquilar o vender películas, para aliviar “una situación económica acuciante, lindante con la desaparición”. Pero el proyecto no prosperó.

Conocer al cliente

Hace poco a Marcelo Mendiguibel, de 56 años, le llegó un WhatsApp de Rago que decía: “Mirá lo que traje”, y una foto de la caja de la serie The Young Pope. “Sabía que estaba ansioso por verla. Marcos lo hace con muchos clientes. Es el secreto de su negocio: fidelizarlo, conociendo bien su perfil”. Hace unos años, Mendiguibel se mudó a Palermo. Un día caminaba por el barrio con sus hijos -él de 11, ella de 14- y ellos lo frenaron: “Uh mirá, papá, películas”. Entraron al videoclub y nunca lo dejaron. La curiosidad de los chicos los llevó a hacerse socios y ahora, incluso, el videoclub se convirtió en el punto de encuentro si alguna vez se pierden. Y sí, también tienen Netflix. Pero eso no impide, para ellos, la convivencia de ambos formatos.

Billy Wilder, Hitchcock, Francis Ford Coppola, Carpenter, Tarantino, De Palma, los hermanos Coen. Así, por autor, están ordenadas las películas en la estantería favorita de Rago en Black Jack. Entre DVD, blu-ray y series, el catálogo suma unos 12.000 títulos. Lo considera una videoteca. Y a sí mismo, su curador.

En sus 35 años, Videomanía llegó a tener siete locales en La Plata. Hoy mantiene sólo el de City Bell (calle 472 525), que reúne todo el catálogo: entre 15.000 y 20.000 películas clasificadas por países, directores y regiones. Por los pasillos de ese videoclub aún circulan entre 250 y 300 personas por mes. Juan Norberto Melo, su dueño, es el presidente de la Cámara Argentina de Videoclubes: “Hay cierres todos los meses. Tal vez seré yo uno de los próximos. La situación de estas videotecas es terminal; y el patrimonio audiovisual original que tenemos es amplio y valioso, un aporte cultural único. Si desarmo esa estructura y todo se remata o va a cajas, sencillamente desaparece”, dice.

La algoritmización de la vida. Ese concepto del que habla el ensayista y filósofo francés Éric Sadin, es el que desvela a Melo, y contra el que batalla desde su videoclub. “Un algoritmo siempre te va a llevar a una zona por la que ya transitaste -dice-. Nuestra misión no es encerrarnos en un gueto de cinéfilos por un lado, y de pochocleros por el otro. Mi trabajo es hablar con la gente, hacer de intermediario entre la cultura y el entretenimiento, y viceversa.”

Para explicar qué se extraña con la pérdida de los videoclubes, Melo cita lo dicho por Quentin Tarantino semanas atrás. Eso de dar vueltas por el local, agarrar una caja, leer la parte de atrás, y elegir una película. Tal vez hablar con el de atrás del mostrador, que quizás recomendaba algo bueno. Y que no se limitaba a poner la película en la mano del cliente: le daba un pequeño discurso. “Y entonces salías con algo más de lo que puede darte un dispositivo electrónico en materia de películas”, afirmó el director Pulp Fiction.

Un lugar de reunión

Al cruzar la puerta de El Gatopardo (Piedras 1086), lo primero que se antepone es la caja del VHS de Elephant, de Gus Van Sant. Ese ángel rubio que esquiva balas en los pasillos de un secundario, y ese elefante que nadie vio venir. “Una declaración de principios”, dice Brian Pombinho, al frente del videoclub que su padre abrió en San Telmo, en 1989. Detrás del mostrador, se ve un televisor analógico y un reproductor de VHS. Brian tiene uno más para alquilarle a esos clientes que se llevan una película en ese formato y no tienen cómo verla.

Tiene tantas películas que necesita de un depósito -otro local- para almacenarlas. Una de las reliquias, dice, es el VHS de Una mujer poseída, del polaco Zulawski. “El videoclub era justamente un club. Un lugar de reunión, donde se charlaba de cine y de la vida. Esa charla se perdió -dice-. Esto es como una muerte lenta. Pero lo que no quiero es tener que poner las películas en un container. Es el trabajo de una vida. Sería como una biblioteca que se desarma.”

Liberarte, la mítica videoteca de la avenida Corrientes, pudo esquivar ese final cuando cerró en 2014. La mayor parte de su colección pasó a custodia de la Universidad de San Martín, donde las películas están disponibles para consulta, para la formación de los estudiantes y su proyección a través de ciclos.

Para Gil Navarro, de Bellinzona (Juan María Gutiérrez 3884), haber seguido la línea del cine europeo, el clásico y el de otras regiones como Asia, África o América latina, convirtió al videoclub en nicho, y hoy lo hace subsistir. ¿Y el futuro? “Para el futuro -dice-, hay que ver cómo salimos del físico.”

La llegada al país de los distintos formatos

1980. VHS: La videocasetera se volvió masiva acá durante esta década.

1998. DVD: En julio de ese año se presentó en el país ese formato.

2007. BLU-RAY: Se lanzó en la Argentina el primer reproductor.

2016: BLU RAY 4K: El año pasado se presentó a nivel mundial el formato.

 

 

La Nación

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