Manu, de la noche mágica a la decisión que todos esperan

Tras el festejo por ganar su cuarto anillo en la NBA, tiene que resolver los pasos finales de su carrera: el Mundial con la selección y su último año en los Spurs.

Estremece hasta los huesos. Emociona y llena de orgullo. Todo eso genera y mucho más. Salta como un nene, se abraza con todos, se sienta, se vuelve a parar, busca en la tribuna a sus hijos. Es uno más entre tantos, pero no, él es especial. Es quien reescribe la historia a cada paso. Clava la vista en Yuyo, su padre, emocionado como siempre. Sus hermanos Sebastián y Leandro se agitan de tanto gritar. Y Raquel, su mamá, aparece en la tribuna, ella que siempre sufre y no puede mirar los partidos… Se expone la piel, no hay posturas, es puro sol en medio de la cara. Se siente propio, se disfruta de la misma manera. Casi 37 años y el lomo curtido por mil batallas, pero genuino como el primer día. Se emociona con Mills, besa a Belinelli, siente el afecto de Duncan, celebra con Diaw, aplaude hasta dejar rojas sus palmas a Leonard, se pierde en un interminable abrazo con Popovich. Saluda a los rivales, con el respeto de siempre. Y vuelve al centro de la escena, levanta los brazos, busca y busca, y por detrás Marianela lo atrapa, se besan hasta dejarse sin aliento y los melli, Dante y Nicola, sus hijos, lo quiebran. Hacen que el Emanuel Ginóbili de mirada potente e intimidante, se desarme, se derrita, que pueda gritar campeón por cuarta vez de la NBA, desde las tripas, con el alma embriagada de la más dulce emoción. Cuatro anillos, 12 temporadas y una noche interminable, la mejor, la más esperada.

Un vestuario tapizado de plásticos fue el escenario que recibió al equipo que hizo del juego una auténtica pieza de colección. Diaw se encargó de bañar a todos en champagne y hasta derramó una botella en la cabeza de un periodista francés mientras le decía: “¿Tú no eres francés? Tiene que gustarte el champagne. Disfruta de él, es un buen champagne”. La mezcla de idiomas marcó el pulso de una noche por la que soñaron colectivamente. Porque eso son los Spurs, un verdadero equipo, una máquina de jugar básquetbol. Cada uno en su lugar, sin querer ocupar espacios ajenos, adentro y afuera. Y el claro ejemplo de ello fue la actitud del dueño de la franquicia, Peter Holt, que tras recibir el trofeo Larry O’Brien, le pasó la copa a Tony Parker y dejó a los jugadores evitando salir con ellos en la foto de la celebración.

Existió un alivio generalizado. Tony Parker en medio de una marea de micrófonos y una sonrisa que jamás se le borró del rostro, fue claro y contundente: “Fue una especie de redención para nosotros”. Y la imagen de Manu, antes de ingresar a la conferencia de prensa, abrazado con Alejandro Montecchia, su amigo y ahora comentarista de ESPN, pusieron en contexto lo que representó esta quinta coronación para los Spurs y la cuarta para Ginóbili.

-Que alegría Pumitaaaaaaaaa (por Montecchia)

-No sabés lo feliz que estoy por lo que estás viviendo Manu. Te lo juro por Dios.

-Lo sé Pumita, lo sé. Que temporada tremenda, por favor. Lo estaba esperando, te lo juro. No podía más.

-Ya está, disfrutalo, te lo mereces.

Con evidentes marcas de emoción, Manu, el deportista argentino más importante de la historia, se abrazó con cuanto conocido tuvo cerca. Y esa emoción se transmitió, hizo hervir la sangre, conmovió. Pero cambió el chip rápidamente y volvió a su rol de súper profesional y enfundado en su bandera de la Argentina, aceptó preguntas ante los periodistas. Estaba feliz, viviendo algo perfecto. Cerró la final con otra auténtica función: 19 puntos, 4 asistencias y 4 rebotes. Pero una acción suya hizo estremecer al estadio: “Le prometí a mis compañeros que no iba a volcar más la pelota. Después de los últimos dos intentos fallidos (el último fue una tremenda tapa de Caron Butler, de Oklahoma), no debía intentarlo más. Pero estaba ahí y me dije ?que más, lo intento’. Fui duro y una vez que estaba en el aire me sentí como si tuviera la oportunidad. Creo que me ayudó a seguir con el ánimo en alto”.

Y su estado de ánimo es determinante y necesitó tener a todos los suyos con él. Pidió a cada uno de los más cercanos que lo acompañen. Ellos, lo disfrutaron tanto como él. Y son ellos también los que están pendientes de un próximo paso no menor del bahiense: su decisión respecto a la participación en el Mundial de España con el seleccionado argentino. A Manu le queda un año más de básquetbol. En las próximas horas le comunicará a Julio Lamas su determinación. Más allá del hermetismo que el bahiense quiere mantener sobre el tema hasta que le comunique al técnico su decisión, se percibe que podría permitirse una última función con la Generación Dorada. Es lo que quieren también mucha de sus gente más cercana.

Los Spurs quieren más, por eso hoy, en la reunión de despedida del equipo, Manu se juntará con Duncan, Popovich y Parker, a charlar del futuro. Quieren todos, antes de tomarse sus vacaciones, tener claro los nuevos objetivos. Y todo parece indicar que el equipo no tendrá modificaciones y que el Big Three promete más aventuras.

“Ya voy hijo, ahí va papá, ya termino acá y nos vamos a jugar”, le dice a Dante y él espera ansioso. Y la batalla terminó, las marcas están ahí, en la emoción de sus ojos, pero el cuarto anillo es una realidad. Salud campeón. Salud Manu Ginóbili.

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