García Márquez: “Desearía que mi vida pudiese haber sido como aquellos años en que escribí El amor en los tiempos del cólera”

El autor colombiano concedió esta entrevista seis años después de obtener el Premio Nobel de Literatura; aquí, no sólo da detalles de la elaboración de uno de sus libros más celebrados, sino también sobre sus técnicas novelísticas.

Para Gabriel García Márquez, el placer y la agitación de la escritura varían de una novela a otra. En el caso de Cien años de soledad , rumió la historia tan profundamente y durante tanto tiempo que cuando, por fin, se sentó a volcarla en el papel, brotó en un gran estallido. En cambio, le costó escribir El otoño del patriarca , una novela publicada siete años antes de obtener el Premio Nobel de Literatura, en 1982. “Cuando lograba terminar cuatro líneas en un día, me consideraba dichoso”, recordó recientemente. El proyecto global le llevó siete años de labor intermitente.

Los años dedicados a la elaboración de El amor en los tiempos del cólera se contaron entre los más felices de su vida. En ellos, relató con nostalgia el noviazgo de sus padres y sus propios viajes en barco por el río; ambos recuerdos fueron importantes fuentes de inspiración para ese libro.

Reside desde hace largo tiempo en la capital mexicana, y allí conversamos acerca de lo que había significado para él escribir esa novela.

García Márquez: “Este libro fue un placer. Pudo haber sido mucho más extenso, pero tenía que controlarlo. ¡Hay tanto que decir sobre la vida de dos personas que se aman! Es un tema infinito. Además, tenía la ventaja de conocer de antemano el final. En este libro, el final era un problema. Habría sido de mal gusto que uno o aun ambos protagonistas muriesen; lo más maravilloso sería que pudieran seguir amándose eternamente. Así pues, le ofrezco al lector el consuelo de que el barco fluvial continuará yendo y viniendo, con los amantes a bordo, no sólo por el resto de sus vidas, sino para siempre”.

-Es una especie de Holandés Errante del amor. ¿Usted ha viajado mucho en barcos fluviales?

-He conocido ese barco por largo tiempo y, a partir de los 12 años, viajé mucho en él. Yo vivía en la costa colombiana, pero obtuve una beca para estudiar en Bogotá, de modo que viajaba en barco desde Barranquilla hasta La Dorada y, luego, tomaba el tren hasta Bogotá. Por aquel entonces, el río empezó a deteriorarse. Entre mis primero viajes y los últimos, fui testigo del deterioro que describo en el libro.

“En mi novela, debía haber dos viajes por el río. El primero fue el que realizó Florentino Ariza cuando lo nombraron telegrafista en el interior del país. Fue un viaje sin sentido, porque al llegar Ariza lamenta haber venido y regresa, pero yo tenía que inventarlo para poder describir el río y su paisaje. De lo contrario, toda esa descripción tendría que haber venido al final del libro, cuando los dos ancianos hacen su viaje, y habría eclipsado la relación entre ambos, que era lo que interesaba en ese momento. Ese ardid me ayudó también a mostrar cómo había cambiado y caído en decadencia aquel río de aguas limpias, florecientes de vida. Yo debo haber hecho mi último viaje por él alrededor de los 22 años, cuando estudiaba en la universidad. Después, cesó el servicio de barcos fluviales.

“Para mí, todo esto forma parte de una nostalgia. La nostalgia es una gran fuente de inspiración literaria y poética.”

-¿Usted escribió la mayor parte del libro en Cartagena?

-Sí, y los dos años que pasé escribiéndolo fueron un período de felicidad casi completa. Me iba bien en todo. La gente se pasa la vida pensando cómo le gustaría realmente vivirla. He interrogado a mis amigos y ninguno parece tener una idea muy clara. Yo sí la tengo ahora: desearía que mi vida pudiese haber sido como esos años en que escribí El amor en los tiempos del cólera .

“Solía levantarme a las 5.30 o 6 de la mañana, pues sólo necesitaba dormir seis horas. Escuchaba el informativo, de prisa, y leía desde las 6 hasta las 8. Si no leo a esa hora, ya no tengo tiempo de hacerlo en el resto del día y pierdo mi ritmo. Alguien llegaba a la casa, trayendo pescado, langosta o camarones frescos; los pescaban en las cercanías. Después, escribía desde las 8 hasta la una de la tarde. Hacia el mediodía, mi esposa, Mercedes, bajaba a la playa y me esperaba con algunos amigos. Yo nunca sabía realmente con quiénes me encontraría, porque siempre había gente yendo y viniendo. Después de almorzar, dormía una pequeña siesta, y cuando el sol empezaba a descender, salía a la calle, a pasear en busca de lugares que visitarían mis personajes, charlar y empaparme del lenguaje y la atmósfera locales. De este modo, a la mañana siguiente tendría material fresco, traído de las calles.

“También viví una de las experiencias literarias más curiosas y placenteras que haya tenido jamás. Uno de los personajes, Ferina, era una muchacha de 18 años que vivía en una ciudad caribeña hacia fines del siglo XIX. Vivía con su padre, un inmigrante español; su madre, y una tía, hermana del padre, que llevaba el mismo nombre y a la que veía nítidamente. Yo sentaba a mis personajes alrededor de la mesa y los veía actuar a todos, salvo a la madre; simplemente, no lograba aprehenderla. Al principio, pensé que la tía se interponía, de modo que la sacaba y la ponía una y otra vez, pero el problema era la madre. No podía verle el rostro, ni saber su nombre, ni conocer nada de ella. Un día, al despertar, comprendí lo que había sucedido: la madre había muerto cuando Fermina todavía era pequeña. No bien percibí el hecho de su muerte, la madre cobró vida y realidad, creció y su presencia se hizo sentir tanto en la casa como en la memoria de todos. ¡Fui tan feliz al resolver ese problema! Hasta entonces, yo había estirado la lógica del libro, intentando lo imposible: colocar entre los vivos una persona muerta.

-¿Y los hombres? ¿Cuáles fueron sus sentimientos hacia Florentino?

-En realidad, no me gusta. Me parece muy egoísta, como todos los hombres. En cuanto a Fermina, pienso que se aburguesó más de lo que ella misma creía. Eso la cambió mucho y la hizo volverse muy presuntuosa. Ella sólo comprendió cuando ya era muy vieja y accedió a viajar en el barco. Para eso, debía romper con toda su vida.

 

“Para mí, todo esto forma parte de una nostalgia. La nostalgia es una gran fuente de inspiración literaria y poética.”

 

-Usted ha dicho que el frustrado noviazgo inicial de sus padres sirvió, en parte, de modelo para este libro. ¿Su madre lo ha leído?

-No sé si lo ha leído hasta el final. Ahora tiene 84 años. Supongo que habrá leído algunos pasajes, pero, de todos modos, ella conoce su contenido. Cuando empecé a escribirlo por primera vez, en Cartagena, solía ir a su casa todas las tardes. Aún vivía mi padre y yo interrogaba a ambos por separado.

-¿Ha leído la traducción al inglés?

-Mi traductor de inglés es Gregory Rabassa; siempre he confiado tanto en él que nunca he tenido que prestar atención a su trabajo. Esta vez tenía otros compromisos y busqué otro traductor. Puedo leer un texto en inglés, pero no lo suficientemente bien como para juzgarlo de la misma manera en que me atrevo a juzgar uno en francés o en italiano. Como quiera que sea, ¿qué puedo hacer? No puedo preocuparme por eso. También lo han traducido al japonés, al sueco, al holandés, etc.

-Sé que recibe mucha correspondencia de sus lectores. ¿Qué tipo de cosas le escriben?

-Las cartas que más me interesan son aquellas que me preguntan de dónde saqué tal o cual tema, personaje o pasaje, porque tienen la sensación de que se refieren a alguien o algo que ellos conocen. Por ejemplo, me dicen: Fulana es exactamente igual a mi tía; Tengo un tío igualito a él; En mi aldea ocurrió un episodio exactamente igual. ¿Cómo se enteró? Gente de toda América latina me escribe cosas así, especialmente después de la publicación de Cien años de soledad . Ellos sintieron que esa novela era parte de sus vidas.

-¿Por eso continúa rehusándose a que la lleven a la pantalla? ¿Porque si la filman se perdería esa identificación?

-Si la filman, la destruirán, porque el cine no permite esas identificaciones. El rostro del actor, de Gregory Peck, se convierte en el rostro del personaje. Ya no puede ser tu tío, a menos que éste se parezca a Gregory Peck.

– El amor en los tiempos del cólera ¿será llevada al cine?

-Quizá. No me importa que lo hagan, con tal de que sea una película latinoamericana, quiero decir, un film dirigido por un latinoamericano, que transmita la atmósfera latinoamericana y muestre nuestro temperamento, nuestro modo de ser, nuestra sociedad, porque ellos son los que definen este drama. De todos modos, es un problema, y la respuesta es que no debo involucrarme. Eso ya ha sucedido con Francesco Rossi, que dirigió Crónica de una muerte anunciada . Me enseñó el guión y yo le dije: “No me lo muestre, porque si lo leo, probablemente nunca hará el film. Yo pienso en mi libro y usted piensa en su película. Escribí el libro yo solo; filme la película usted solo”. Así lo hizo y me agradeció el consejo.

Fuente: Entrevista publicada en la revista de LA NACION, el 15 de mayo de 1988.

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