Luis Alberto Spinetta: tres discos perdidos que nunca podremos escuchar

 

Todas las noches, un spinetteano tiene el mismo sueño: con una linterna en la mano, rompe el candado y abre la puerta de la bóveda. El aire, enrarecido por la humedad y el tiempo inerte, llena su cabeza de alucinaciones. En el suelo, dispersas al tuntún, se apilan algunas cajas pintadas de moho. Con la mano libre, levanta las solapas: son rollos de cinta, rubricados con unas palabras escritas en bolígrafo. Dicen Almendra, Tórax, Pescado Rabioso. Dicen Invisible, Banda Spinetta, Jade. Dicen una palabra clave: inédito. Ahí se interrumpe el sueño y siempre se despierta sudoroso y con la misma pregunta: ¿quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?

Desde el hipotético single de El Huevo, el Flaco inauguró su paso por los setenta con discos fundantes y un profuso repertorio inédito. Un tesoro que sobrevivió en casetes, acetatos, imágenes y palabras: la memoria esférica de los miles de fanáticos que rastrillan el fondo del océano spinetteano. En ese paisaje sobresalen, como montañas, los jirones de sus tres grandes discos perdidos.

El señor de las latas

La noticia corrió como reguero de pólvora. En marzo de 1970, las revistas Pinap y Pelo anunciaron que Almendra estaba trabajando en una ópera-rock. Tan influenciados por Tommy (el nombre informal del proyecto fue Tomasito) como por María de Buenos Aires (el grupo había peregrinado en tropa a su estreno), Spinetta vislumbraba una suite jalonada por sus canciones, el trabajo arreglístico de la banda y algunos personajes del incipiente rock argentino.ç

El argumento era ambicioso. “En el primer acto, un mago de agua llega a una ciudad cualquiera -explicaba Luis en Pinap-. En su tránsito por la ciudad, el mago se encuentra con un niño y le pregunta qué puede hacer para conseguir su meta: la búsqueda de la pureza. El niño le dice que debe hallar cinco trovadores, que serán Litto Nebbia, Moris, Tanguito, Javier Martínez, Roque Narvaja y el sexto (que está loco) caracterizado por Miguel Abuelo, quien al fin le va a sugerir la clave para su búsqueda. El mago peregrina por la ciudad, encuentra a cada uno de los trovadores, y finalmente el loco le dice que debe esperar que los árboles le pidan tres deseos, siendo el último el más importante: que el mago se duerma. En el sueño, el mago es atormentado por todas las cosas que jamás podrá entender (ambición, odio, guerra y demás injusticias) y es condenado a perder su condición de mago y a despertar siendo un simple ciruja. El primer acto termina con el mago aun durmiendo. Cuando se despierta de su profundo sueño, el mago/ciruja debe retroceder siete días de su vida para encontrar a quien debe mirar hasta el fin: el encuentro simbolizará el encuentro del hombre consigo mismo”.

Garabatearon un estreno para agosto en el teatro Ópera y comenzaron los ensayos en la casa de Arribeños. Del Guercio, Molinari y el mánager Anibal Gruart viajaron a New York para comprar equipos y, tras su regreso, Almendra aceleró su proceso de desintegración. Para agosto, en lugar de anunciar el estreno de El señor de las latas ya tenían la noticia de la separación. “Obertura” fue la única sobreviviente del repertorio que llegó a Almendra II, el disco que fotografió la explosión. Otras esquirlas llegaron más lejos. “Canción para los días de la vida” fue grabada en A 18′ del sol (1977) y “Ella también” recién alcanzó el disco en Kamikaze (1982). Temas como “El señor de las latas” y “Niño escobita de sol” se perdieron en la noche de los tiempos, pero “Historias de la inteligencia”, “(Canción del) Mago de agua”, “Caminata” o “Viejos profetas de lo eterno” sobrevivieron en algunos piratas. A juzgar por esos fragmentos dispersos, la ópera parecía más cerca del lirismo del debut que del grupo radicalizado del doble.

Pescado inédito

En las paredes del cine-teatro Atlantic, el Odeón y el Metro quedó grabado el mural perdido de Pescado Rabioso. Un repertorio que, en conjunto, parece pintar un fresco subterráneo y evanescente de la Buenos Aires de 1972. Entretejidas con las canciones que eventualmente llegaron al estudio, Spinetta, Black Amaya y Bocón Frascino tenían oro en polvo: “La fiebre paranoica”, “Ella flota por mí”, el riff adrenalínico de “La tabla de la nada” (también conocido como “Chocolatinero”) o los blues de “Mañana a las diez” y “Suave nube dama”.

Ese repertorio, amasado entre finales del 71 y septiembre del 72, no era tentativo. De hecho, para la célebre auto-nota de la revista Pelo contestaron con las letras “Ya es el momento ya”, “Mensaje a las larvas” y un tema que pintaba para clásico como “Pibe”. “Personalmente, me sigue enloqueciendo ‘Pibe’ -dice Alfredo Rosso, testigo de aquellos conciertos-. Pero recuerdo una intensa recepción para ‘La fiebre paranoica’, quizás porque era un tema con una letra muy fuerte. Tenía un estribillo que arrastraba mucho a la gente y una zapada intensa en el medio”. En efecto. Sobre una base de hard-blues, Spinetta atravesaba las sombras del status quo: “con la noche y con el día / es tu cuerpo el que cruza la vía / si vences a la represión”.

Sumados al repertorio que llegó a Desatormentándonos, el conjunto avizoraba un disco doble como debut: acaso uno de los mitos definitivos del rock argentino. “A pesar de la fama de Spinetta, la excusa oficial fue que Microfón no quería sacar un disco doble de una banda con la que no se sabía que iba a pasar -apunta Rosso-. Entonces los desalentaron. Otro motivo posible puede ser que el trío inicial ya estaba fracturado, de modo que estas canciones quedaron flotando en la nada. El Flaco nunca quería hacer temas viejos cuando había cambiado la estructura del grupo al cual pertenecían”.

Los espacios amados

En la navidad de 1976, Spinetta compuso “Tanino” con Dante en la cuna. Esa canción es la punta del ovillo para una nueva etapa: un lirismo extremo en el marco de una violencia extrema. El eslabón perdido entre El jardín de los presentes y su inmersión definitiva en las aguas jazzísticas. Aquel primer verano de la dictadura, Luis conoció a un músico del extra-radio rockero como Diego Rapoport y comenzó a edificar un ensamble con Osvaldo López y Machi Rufino. Aquella primera formación de Banda Spinetta grabó el material de A 18′ del sol, pero rápidamente cambió (ingresaron Eduardo Zvetelman y dos ex-Piazzolla como Ceravolo y Ricardo Sanz) y expandió su horizonte tímbrico (los vientos de Moretto y Bernardo Baraj).

“Era un período en el que primaba la idea de fusión: Weather Report mandaba en la escena mundial -dice Baraj-. Lo que el Flaco planteaba era una formación que respondiera a esa sonoridad pero a partir de su creatividad, de su música y sus canciones. Respondiendo a esta idea, el grupo tenía muchos espacios destinados a la improvisación. A la posibilidad de que cada uno tocara lo que sintiera”.

En ese marco, Spinetta drenó un repertorio que se agrupó bajo el título Los Espacios Amados: una serie de conciertos programados para los lunes de abril, mayo y junio de 1978 en el Astral. Allí convivían instrumentales arduos (“El Turquito”, “Bahiana split”, “Los espacios amados” y “Covadonga”, arrastrado desde Invisible) con otras perlas donde confluía la búsqueda armónica con su sensibilidad cancionística: la suite conocida como “Tríptico del eterno verdor”, “Estrella gris”, “Las alas del grillo”, la mencionada “Tanino” y “Tu destino es el de morir de amor” (una colaboración autoral con Guillermo Vilas). “En el último período de la banda, hicimos un demo con cuatro temas -revela Baraj, para asombro del spinetteano-. Tenía como finalidad la presentación del material para el disco que Luis después fue a grabar a Estados Unidos. Eso se hizo en estudio. Debe estar en algún lugar, pero yo nunca me encontré con ese material”.

El spinetteano cierra el diario: este es el alimento para su sueño de hoy. (LN)

 

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